Los sueños de tu niño interior y el bouquiniste

Encontré una perla entre libros de segunda mano…Nuestra única riqueza son los sueños que tenemos desde niños. Son la gasolina de la vida, la única fuerza que nos empuja a seguir adelante cuando las cosas se ponen feas. Alcanzar los sueños del niño que lleváis dentro tiene que ser vuestro único objetivo. No olvidéis nunca que os convertiréis en adultos sólo en el aspecto, pero ese hombrecillo todavía vivirá dentro de vosotros. Esforzaos mucho en vuestro trabajo, (…) Tenéis que demostrar que sois los mejores en cualquier campo, aunque vendáis fruta en un tenderete. (…) Seguid, seguid, seguid, aunque a costa de equivocaros. Y si os equivocáis y hacéis daño a alguien, pedid perdón. Pedir perdón y admitir los errores es lo más difícil de todo. En cambio, cuando alguien os haga sentir bien, no lo olvidéis nunca. Mostrar gratitud también es igual de complicado. Cuando tengáis la suerte de ganar algo, no os burléis de los contrincantes y no alardeéis”. Yo de mayor quería ser escritora. Creo que ya os lo había dicho. Tener un blog y ser periodista (haciendo comunicación corporativa) es un triste sucedáneo, pero es.

Fue un día grisáceo, empezaba a chispear y salía de la farmacia algo dolorida por la enésima infección de orina de turno. Eso no importa mucho, es sólo la situación. Junto a la farmacia de la calle peatonal un hombre joven de otro tiempo, un poco greñas hippy con aire de intelectual, abrió hace un año más o menos una librería con cientos y miles de libros de segunda mano en un alarde de optimismo. Me pregunto si la gente le compra muchos libros. Casi nunca hay nadie en su tienda como no sea para llevarle los libros añejos de casa que encuentras al hacer una mudanza. Esos que acumulan polvo en la estantería y que hace años que miras de vez en cuando desde tu pereza del sofá pensando, “un día de estos me lo leo”. Un día de estos, todo el mundo lo sabe, no llega nunca… Bueno, nunca es mucho tiempo, digamos casi nunca.

Fue un día plomizo y chispeaba. Los cajones de libros 1 x 3€, 2 x 5€, me llamaban lánguidos…Alguien debería recogernos antes de que nos mojemos” parecían susurrar a los apresurados paseantes de la calle peatonal. Y esta vez me paré. Porque yo también andaba lánguidamente y a destiempo respecto a la prisa general. Porque iba sin niños. Sobre todo porque iba sin niños. Uno de los mayores placeres que tengo en soledad es pararme ante un bouquiniste (y si es al lado del Sena en París me muero del orgasmo solitario por un momento), y mirar las portadas, sopesar los resúmenes de la contraportada, valorar el peso de las palabras, hojear el libro para ver cómo huelen sus páginas con tinta impresa… Y descubrir algún libro que me llame la atención. Suelo encontrar varios libros, es como una especie de enamoramiento a primera vista detrás de otro. Y luego tengo que escoger, con una punzada de dolor y sintiéndome muy ruin por traicionar el recién estrenado amor por los libros que tenían esperanzas de salir del cajón del librero para viajar en mi bolso. Les suelo prometer bajito que volveré algún día a por ellos, pero es falso, lo sé, lo saben, y me siento un poco mal por mentir descardamente a esos libros que no escojo a los que en realidad debería decirles “No eres tú, soy yo, algún día alguien te amará mejor de lo que yo hubiera podido hacerlo”. 

Escojo 2. Me he decidido por la oferta, siempre lo hago. Un libro es demasiado escoger y dividir mis amores a primera vista. Uno de ellos es “Cien días de felicidad” de Fausto Brizzi. En la contraportada hay frases para enmarcar en este blog… “Un día sin reír es un día perdido“. No es muy original, lo sé, pero me gusta. Como el “Saborea cada segundo de la vida” que pone el punto y final. Es la historia de un hombre que muere de cancer, (no os revelo nada, tranquilos), y que describe su particular cuenta atrás de la vida. Triste, pero bonito. Poético. Consciente. Real. Un poco naif. Pero bonito.

En una película de la que no recuerdo el título, el protagonista decía que la vida es solamente una colección de últimas veces. Qué cierto. 

La última vez que saludas al conserje de tu colegio. 

La última vez que charlas con tu padre. 

La última vez que ves el Coliseo. 

La última vez que comes un higo recién cogido del árbol.

La última vez que te pica un mosquito. 

La última vez que te bañas en el mar. 

La última vez que besas a la mujer que quieres. 

La lista puede ser infinita, cada uno de nosotros ya ha vivido miles de últimas veces sin saberlo. En la mayor parte de los casos ni siquiera te imaginas que lo que estás viviendo sea la última vez. Es más, lo bonito es precisamente eso: no saberlo. Si, por el contrario, como en mi caso, sabes perfectamente cuáles son las últimas veces, las reglas cambian de golpe. Todo adquiere un peso y una importancia distintos. Incluso tomarse una gaseosa adquiere un tono algo poético y melancólico. 

Sigo leyendo el libro que encontré casi por casualidad. Me gusta. Me pone algo pensativa y melancólica y a veces le soy infiel con tonterías de las redes sociales o películas electroencefalograma plano. Pero es que no puede una vivir en permanente consciencia de que la vida son dos días y de que quizá aquel grito, aquel enfado, aquella prisa, eran una pérdida de tiempo y energía. Tener un cáncer terminal y esa consciencia total del final, querer aprovechar cada instante hasta el último micro-segundo, debe ser más agotador que vivir en un perpetuo estado de principio de enamoramiento. Demasiada energía emocional. Pero eso no quita que sea verdad,  que un día sin reír es un día perdido, que hay que saborear cada segundo de la vida. Como si fuera el último. Como si fueras ese niño que tenía sueños por cumplir que le daban alas. 

 

Un día sin reír es un día perdido y otras citas en hayqueserpositivo.com
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