Derecho a no hacer nada

Hay veces que la vida te pilla desganada. Y te arrastras. Y te escondes. Y te quejas. Y te fustigas porque no tienes ganas de… nada. Y en este mundo de carreras y objetivos y “tú puedes” y “el que no puede es porque no quiere” y venga y va y dale, no tener ganas de hacer nada parece un crimen.

Pero oye, te lo diré bajito para que entre como un suspiro: tienes derecho a no hacer nada.

Tienes derecho a que la vida te pille desenfocada, casi traslúcida.

Tienes derecho a desaparecerte. A hacer “chas” y aparecer a tu lado. Tienes derecho a la desidia, al sofá, al slow life y al slow todo. Tienes derecho, a no hacer nada y proclamarlo con orgullo. Siempre que no sea un estado permanente de pereza y desánimo, en cuyo caso no debes hacerme caso, ni a mí (ni a nadie). En cuyo caso vale más que acudas a un profesional porque la depresión, la ansiedad y el desánimo son algo muy importante que no debes dejar pasar.

Pero si es un día, un desánimo temporal, un pedirte tu cuerpo y tu mente que bajes el ritmo, entonces, fuera culpas: tienes derecho a no tener ganas de nada.

Te lo digo a ti y se lo digo a la siempre activa Happy Little Thing que se confesaba en el blog culpable de desgana (y ese, os lo aseguro, no es su estado natural):

“Hay momentos en los que sencillamente el mundo se te hace un mundo. (…) Quizá solo sea el cansancio (…) pero siento que no puedo con el peso. ¡El peso, ¡qué palabra!, como si la vida fuera algo que te cae encima.”

Y ante tanta sinceridad y entrañas no cabe más que una respuesta descarnada:

¡Ay (suspiro), la astenia! Es muy mala o a veces, simplemente, la vida te pide no hacer “nada“.

Y “nada” es relativo, porque está cargado de “muchos“. De obligaciones, de listas pendientes, de cuidados necesarios pero muy aburridos…

A veces nos perdemos en los “hay que” y dejamos atrás los “me gustaría“, como si fueran menos importantes…

Date tregua.

No pasa nada, puedes hacer huelga de brazos caídos unos días, puedes dejarte llevar por la corriente, puedes esconderte en tu cueva, y luego, con fuerzas renovadas, sin cargas ni culpabilidades de “tendría que“, puedes volver a sonreír en cada pequeño recodo de lo cotidiano…

Y si no, llama, y hacemos un café 😉

Y te explicaré bajito, en tono de confidencia importante, que tienes derecho a no hacer NADA.


4 respuestas a “Derecho a no hacer nada

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