El apagón. Reflexión de una madre ante el apocalipsis

La luz se fue una hora.
Más o menos.
Nada trágico.
En la calle las farolas iluminaban con normalidad pero las casas de la calle estaban a oscuras.
Los grupos de WhatsApp de vecinos echaban humo. La gente llamaba por teléfono a la compañía con caras de enfado. ¿Cuánto dura la nevera sin luz y sin descongelarse? ¿Cómo que la avería es cosa mía? ¿Más de una hora para arreglarlo?

Los niños se entusiasmaron encendiendo velas.
Luego jugaron al cuatro en rallo (porque les sugerí hacer un juego de mesa ante su enoooooormeeee aburrimiento). Salieron a jugar con la pelota a la calle bajo la luz de las farolas ya desesperados.

¿Y qué vamos a cenar si no podemos cocinar? ¿Cómo nos duchamos si el calentador no va? ¿Qué vamos a hacer si mañana no va vuelto con la quedada para jugar a la consola? ¡Alexa, pon música! Ah, no, que Alexa no va. Mamáááá, no va internet…

Durante una hora fue el apocalipsis en sus cabezas.

Y mientras yo disfrutaba de la luz de las velas y pensaba que deberíamos instaurar la noche sin luz una vez a la semana. Una noche de juegos de mesa en la penumbra, de conversar o contar cuentos con un té calentando las manos. Una noche sin tele ni consolas ni móviles ni Internet ni nada que no fuera mirarse a los ojos. Lo propuse y me miraron como si estuviera loca. A veces no se acuerdan que crecí en una casa de campo sin luz ni agua corriente. Y fui feliz.

Una hora sin luz y fue el apocalipsis.
A veces no sabemos lo mucho que tenemos y lo privilegiados que somos con nuestro techo sin goteras, nuestra ducha caliente, nuestro Netflix conectado y todo ese universo de cosas a las que nos hemos acostumbrado y que pensamos que son un derecho adquirido, una necesidad básica irrenunciable. Y en realidad, qué diferente sería nuestra vida en otro país, en otra época, con otra economía, en otra situación…

No, esto no es un alegato romántico de tiempos pasados ni de la pobreza como modo de vida simple. Pero un apagón nos puede enseñar mucho si sabemos observar y pensamos en todo lo que tenemos y todo lo que implica.

A mí, una noche de apagón a la semana no me parece tan mala idea. ¿Qué os parece a vosotros?


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