La chica de blanco. Un cuento sobre el amor y la felicidad.

A él le gustaba el blanco. Como los jazmines. Como el sol de medio día en verano. Como la falda de volantes que hace años fue una enagua.

A él le gustaba el blanco y lo buscaba en las miradas, límpidas, o en las sonrisas. Sinceras. Pero en su rincón de mundo a duras penas encontraba grises desvaídos. Por eso arrastraba los pies cuando se cruzó con ella. La vio pasar de refilón, entre las sombras y brumas de sus hondas preocupaciones como pozos.

Pasó de largo.

– Nunca encontraré una persona especial. Alguien blanco que me ilumine los días con su forma de ser. Alguien brillante ✨ – se quejaba repetidamente el chico gris a su amigo marengo.

– Ni tú ni nadie – le respondía el compañero pesimista – en esta vida estamos destinados a estar solos y a compartir nuestra soledad con alguien tan gris como nosotros mismos.

Inconformista, él seguía buscando el blanco.

Ella pasó como una exhalación. Tenía prisa. Llegaba tarde. Pero él a penas vio el vaivén de su falda tan concentrado como estaba en mirar las alcantarillas que pisaba. Se regodeaba en su propia m***da y así no hay quién vea nada, ni blanco ni negro ni nada.

– Jamás de los jamases podré ser feliz si no encuentro mi amor blanco, el que me llene y me acompañe, el que me comprenda y aclame – se lamentaba él desde el balcón ignorando el color de sus geranios, marchitos, casi secos de indiferencia tan preocupado como andaba él en sus deseos inalcanzados.

Y entonces, mientras miraba hacia abajo en su posición natural ante la vida, ella pasó. Cantaba desafinando una canción viejuna de amor y su paso bamboleaba sus caderas y sus pechos con una suave cadencia. Desde arriba, la visión era borrosa pero mágica. Intentó bajar como una exhalación las escaleras para decirle “hola, mi amor blanco”, pero al llegar a la calle ella había desaparecido ya.

Arrastrando una gran pena, él se lamentaba, “encontré el blanco y se fundió entre los grises, nunca jamás la volveré a ver, esta vida es demasiado perra“.

Pero a pesar del desánimo, un poco esperanzado, empezó a levantar un poco la mirada mientras caminaba, por si acaso… Como el que juega a la lotería sabiendo que el azar nunca estuvo de su parte, pero por si acaso…

Y entonces sucedió: ella se plantó ante él y le dijo… “Hace días que te veo, nos hemos cruzado, ven, tu mirada me dice que tienes mucho que contarme y yo tengo ganas de una buena historia, estoy harta de tantos grises mustios“.

Se sucedieron los cafés… Ella a veces era blanca, a veces amarilla, a veces rosa y otras negra. Y él, que había buscado tanto el blanco, con ahínco en el deseo pero sin mucho ánimo en los gestos, estaba desconcertado ante tanto despliegue de colores y contradicciones. Él sólo quería que alguien blanco le hiciera feliz pero los colores variados le confundían y no sabía bien si seguir tomando cafés con su nueva compañera o dejarla estar para reanudar la búsqueda del blanco puro. Pero su miedo a la soledad y su pereza por reiniciar el camino le hacían seguir al lado de ella.

Se fue acostumbrando.

A veces la veía en blanco y negro, como un boceto sin mucho detalle, y mirarla, tan lejana y ajena, le ponía triste.

A veces la veía en color.

Pletórica.

Feliz.

Un salvavidas en medio de vida gris.

Luego volvía el blanco y negro, el boceto de una relación que no acababa de entender porqué, a pesar de las sonrisas deslumbrantes y los colores de sus acciones, seguía haciéndole sentir triste.

Y entonces volvía el color, el blanco, el rosa, y el negro en la mirada de ella cuando también andaba triste…

Él vivía en un constante vaivén de sensaciones e insatisfacciones y se preguntaba porqué el mundo no podía mandarle a alguien perfecto y blanco.

Entonces un día sucedió. Ella, cansada de los altibajos de él y de la presión constante que sentía por satisfacerle y hacerle feliz, dijo:

– Ven, soy tuya. Tuya cuando soy blanca y tuya cuando soy rosa o gris. No tuya de propiedad, tuya de compañera, de alma, de caricia. Ven, mírame como soy. Reconoce mis blancos, pero quiéreme con mis negros. Solo acéptame como yo te acepto. Entiende que nadie es de un dolor color y que todo va en el paquete. Aprecia toda la paleta de colores porque nadie es puro blanco y yo no puedo prometerte que nunca tendré un día o un pensamiento gris. Ven, y acepta que tú también eres blanco y negro y gris y amarillo, que tú felicidad es tuya y no depende de mi propio color. Que tu felicidad depende de tu color, no del mío, pero que juntos podemos cruzar el arco iris de nuestros colores.

Pero las cosas nunca son tan fáciles. Y él no entendió aquello de que ambos eran de colores y que cada uno tenía la propia responsabilidad de su paleta de colores.

La dejó allí plantada entre sábanas revueltas mientras huía hacia una nueva búsqueda. Infructuosa. Gris. Y solo podía recordar su beso de despedida, rojo pasión, rojo resquemor… “Que te vaya bonito“….

Pasaron noches en blanco. Sueños en que recordaba sus pechos insolentes, las lagrimas de la despedida, los besos perdidos…

Recordaba las sonrisas, las luces de la mirada, los colores de la conversación…

Pasaron días, meses, grises y más grises entre recuerdos y arrepentimientos…

Hasta el día que por fin vio claramente el ocaso.

Rápido, estaba perdiendo el tiempo, la vida de se escapaba a manos llenas entre tanto pensamiento gris.

Rápido, tenía que recuperar el sendero… Algo cambió en su mirada. Enfrentado a un posible final demasiado abrupto, descubrió la verdad de las palabras de ella: él también era de colores, él era el responsable de su propia paleta…

Ella solo había intentado pintar al unísono combinando colores y él lo había echado a perder con litros de exigencias absurdas.

Por fin tomó las riendas.

Corrió a su casa, la de ella.

La encontró un poco gris contra él, es lo que sucede cuando alguien nos hace daño.

Le dijo:

– Ven, soy tuyo, no de posesiones sino de alma. Tuyo, para pintar frágiles campos de amapolas juntos. Tuyo para pasear en esos campos silvestres y disfrutar de la belleza de lo salvaje y lo efímero. Tuyo, a veces gris, a veces blanco.

Entre abrazos y palabras que acarician se recuperó el amor. Porque el amor roto, a veces, con mimos y esfuerzo por ambas partes, solo a veces, si no está demasiado resquebrajado, se recupera.

A veces es necesario y gran abrazo…

Y ella volvió a ser color. Suya.

Y ella se dejó bailar.

A besos.

Blancos.

***

PD: Moraleja… En el amor y en la vida, tuya es la responsabilidad de ser feliz. Recuerda: Hay que ser positivo.

PD 2: Me ha gustado esto de poner música e imagen a una narración. Si a vosotros también, decídmelo porque puede que me plantee ir haciendo historias con música incluido 😉

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Del VDLN: para saber más, conocer las reglas, y cómo participar puedes verlo todo aquí.




5 respuestas a “La chica de blanco. Un cuento sobre el amor y la felicidad.

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