Verse a través del espejo

El espejo hecho por mis padres sigue en la casa de verano de toda la vida. El espejo está ya envejecido, como el cuero trabajado por sus manos. Porque el tiempo pasa para todos, incluso para el espejo, y lo hace más bonito si cabe. 

Hay quienes huyen del espejo. Del reflejo en el cristal o de lo que nos devuelve la mirada ajena. 

Hay quienes viven pendientes, demasiado, del espejo de la mirada amada, o de los likes del espejo social. Y en esta época del yoyoyoyyo y del egocentrismo andante (pero feliz, siempre, y de tan perfecto y bello lo más artificial que has compartido nunca), al mismo tiempo parece que huyéramos de los espejos que nos retornan la realidad. 

Huimos de los espejos y miradas que nos dicen lo que no queremos oír, de los que opinan diferente, de los espejos “que nos hacen” gordos o de las cámaras de fotos sin filtros incorporados. Es todo muy absurdo, construimos una imagen de nosotros y de nuestra vida que de tan sesgada nada se acerca a la realidad. No es que esa persona o esa anécdota no sea verdad, pero es una verdad a medias que pone el foco en un lugar y obvía lo que está fuera de cámara. Como esa influencer mega guapa y mega feliz que acabó sola y suicida. Como esa madre superlativa, perfecta en sus formas y modos, que acaba huyendo en secreto una semana a un retiro espiritual porque no puede más con sus perfectos hijos en su perfecta vida. 

Pero yo reivindico los espejos. Los de verdad, sin filtros, los que reflejan ojeras y arrugas y michelines. Los que te miran con ternura por la mañana porque eres una completa amalgama de párpados hinchados, legañas y pelos de bruja. Los espejos en la mirada de tus amigos que te abrazan cuando te has equivocado y que te quieren en tu absoluta imperfección. Reivindico los espejos que te muestran gorda, porque lo estás, y tampoco pasa nada. Reivindico esas personas que, sin ser brutas -no es necesario-, te dicen verdades sobre tu actitud, para que mejores. Reinvindico las fotos borrosas y desencuadradas pero tan reales, con ese calcetín sucio de fondo que no quitaste porque tu vida está llena de calcetines sucios. Reivindico esos post donde un día adoras a tus hijos y tú vida y otro día te tirarías de los pelos porque tanto desorden o rabieta te sacan de quicio. Reivindico todos esos espejos y que nos miremos, a pesar de todo, con mucho cariño. 

Recupera aquel espejo viejo del desván y mírate. Finalmente, los recuerdos y la historia que yo encontré en el espejo de mis padres solo me devolvió ternura junto a las arrugas y los michelines que, estar, están. Mírate en el espejo, es sano, no es para tanto y quizá puedas quererte un poco más, y mejor. 

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