Dile a tus monstruos que se vayan a paseo

Cuando era pequeña vivía en medio de la nada, lo que viene a ser en el campo, sin vecinos ni prácticamente ningún coche que pasara por la carretera vecina -más bien camino asfaltado, carretera es quizá algo grande-. En las noches oscuras de viento el bosque de pinos se movía al unísono ululando de un lado a otro y las sombras de las copas de los árboles se recortaban negro sobre negro en el cielo estrellado. Seguramente era una imagen bonita, tranquilizadora incluso. Pero a mí me daba pavor. Pensaba que los árboles eran fantasmas o monstruos y que de la espesura saldría algún hombre malo para raptarme. Así que como no teníamos lavabo, cuando tenía que ir a hacer pipí de noche en un matorral lejano, cogía con fuerza mi linterna de petaca y desafiaba a las sombras con insolencia por fuera y terror por dentro. Creo que mi caminar rápido y el hecho que hiciera mis necesidades demasiado cerca de la casa delataban la verdad. 

Viendo una puesta de sol en el campo el otro día por fin pude disfrutar de la belleza bucólica del cuadro y recordé el miedo que tenía. Y me dio por pensar que…

A veces los niños tienen miedos irracionales que los adultos no comprendemos y ningunearlos, hacerlos sentir cobardes o quitarles importancia no les ayuda en nada a superlarlos. Tampoco que superemos los retos por ellos, pero quizá un acompañamiento, una mano, un cuento inventado como los barruguets de mi padre que vivían en el bosque y se enfrentaban a la fea bruja pirita sea suficiente. A veces estar es suficiente. 

Y me dio por pensar que…

Los adultos también tenemos miedos irracionales que nos hacen parecer sobrados o petulantes cuando en realidad estamos acongojados por dentro. También tenemos miedos que nos impiden ir todo lo lejos que en realidad hace falta a por nuestras necesidades. Y con el tiempo veremos que no era tanto ni para tanto, pero la vida ya habrá pasado mientras hacemos ver que no estamos temblando por dentro. 

Ay, amigo adulto, hagamos una cosa… Como dice la canción de Jarabe de Palo… Si tienes miedo, grita. O como decía Willy Foch, si te encuentras en peligro, sílbame. Quizá si lo admites puedas enfrentar tu miedo, quizá si lo admites y pides ayuda recibas una mano amiga que te acompañe en el camino, quizá si lo verbalizas veas que no es tanto ni tan grande. 

Piénsalo, quizá el monstruo es en realidad un paisaje bonito que no estás sabiendo disfrutar de puro miedo. Miedo a cambiar, a admitir que te equivocaste, a pedir perdón, a dar las gracias, a esa enfermedad, a ese trabajo, a ese reto, a la muerte… 

Dile a tus monstruos que se vayan a paseo. 

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