Cuando un abuelo se va

Lo siento Blanca. Mi abuela sigue enferma pero está bien, ya ha recuperado la sonrisa y de vez en cuando gruñe a los médicos para que la dejen regresar al salón de su casa, con sus suelos que crugen, sus álbumes de fotos, sus libros y su piano de cola. Lo siento, Blanca, porque sé que, plagiando una de esas canciones con las que tanto nos reímos desafinando, algo se muere en el alma cuando un abuelo se va. Se te apaga la sonrisa con los recuerdos de esos momentos que de pronto ya solo podrás recuperar en tu recuerdo. Algo se muere con su vista apagada. Con su silencio final. Y sabes que es ley de vida, que si estaba muy mayor y enfermo en realidad es mejor así y todas esas cosas que te dicen para consolarte pero que no consuelan una mierda. Porque algo ha muerto con el abuelo y se quedará sumergido en un recuerdo agridulce. 

Mi abuelo, el que recuerdo, murió el día de mi cumpleaños hace ya más de una década. Murió lejos, en Suiza, y el viaje a su funeral fue desgarrador. De pronto las excursiones a los Castells Romputs parecían cosa de un pasado inventado y me dio rabia no haber aprendido mucha más historia o su pasión por trabajar la madera. 

Creo que no podré perdonarle que empañara así un día que era tan especial. Aquel día mi abuela me dijo “felicidades, de todos modos”. Y fue la última vez que recordó enviarme una de sus bonitas cartas de letra apretujada con veinte francos apretujados en papel carbón (por si acaso los de la frontera se lo querían quedar) o una carta con algún invento raro o un par de medias de muchos colores que por algún motivo le habían recordado a mi un día. Mi abuela tenía un baúl de regalos donde acumulaba cosas inverosímiles que le parecían divertidas, originales o le recordaban a alguien, y lo guardaba hasta que llegaba la ocasión. Pero el 19 de mayo murió mi abuelo y desde entonces el baúl quedó un poco olvidado porque era el aniversario de muerte del abuelo, y algo se había muerto en el alma, de todos, de mi abuela. 

El día que murió la abuela Catalina recordé la Navidad en que dijo muy drama Queen “no te veré nunca casada”, la Navidad en que todos reímos cuando ella dijo una vez más “estas son mis últimas diestra y todavía nadie sabe hacer la salsa”… Parecía mentira, llevaba años con la misma cantinela, pero esa vez fue verdad y yo me había despedido de ella con dos besos y un sencillo abrazo como siempre… Como siempre…

Algo se muere en el alma cuando un abuelo se va, por eso lo siento mucho por ti, Blanca. No te diré “ánimos” ni “es ley de vida, estará mejor”. Pero ojalá puedas rellenar el hueco con un par o tres de bonitos recuerdos juntos, una canción, una frase vuestra, una excursión que fue una aventura o un pastel de manzana. Ojalá tus recuerdos te ayuden a ser feliz gracias a lo que aprendiste de él. 

Un beso 

Algo se muere en el alma cuando un abuelo se va
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