Gracias a la vida, por Chiara Bristot 

Han pasado exactamente cuarenta años desde aquel día.Yo tenía tres años y medio, más o menos la edad de Greta ahora, considerando que ambas nacimos en invierno, nacidas “bajo el signo de los peces” como cantaría Venditti.

Recuerdo que era un bonito día, típico del “veranillo de San Martín”, y que había salido el sol. Pero tal vez no era así porque los recuerdos de una niña de tres años, en parte, y a veces, pueden ser confusos e imprecisos.

Y recuerdo una llamada, pero en eso también tengo dudas. Pero una cosa es cierta: a partir de ese día todo cambió en nuestra familia de “Molino Blanco”.

Beti (Roberto, mi hermano mayor) había sido atropellado. En bicicleta. En el cruce de Cerva. Cuando volvía de la escuela, del insti, en medio de sus exuberantes 14 años. Y el conductor se había dado a la fuga.

Les dijeron a nuestros padres las palabras más terribles que se puedan escuchar con respecto a su propio hijo, decretaron que “no había nada que hacer”. Pero nuestra madre se lo negó al médico, Beti regresaría a casa. Ella así lo sentía. 

Y “una madre nunca se equivoca“, como Giovanni Bollea confirmaría en su libro.

No sé por qué siento la necesidad de escribir estas líneas. Hace semanas que las doy a luz entre lágrimas y recuerdos y, en muchos aspectos, son palabras que me dan más sufrimiento de mis dos partos reales, tan maravillosos y aún así también dolorosos. Las doy a luz, escribía, tal vez porque ahora soy madre y revivo momentos con otro ánimo; o quizás son todavía las hormonas del embarazo que me cuestan de eliminar; tal vez sea la edad, tal vez estoy procesando ahora una tragedia que marcó para siempre a toda nuestra familia (tengo mis tiempos, yo…).

Tampoco sé porqué lo escribo en una red social*. Hace un tiempo ni siquiera hubiera pensado lo que estoy escribiendo, y mucho menos lo habría puesto en negro sobre blanco y aún menos publicado para que sea visible para alguien. Es un echo que estoy escribiendo una Biblia que pocos leerán, vista la longitud y, en parte, eso me reconforta por si un día me lo replanteara. 🙂

Retomando la historia, desde ese día mamá nunca dejó de llorar, día tras día, semana tras semana, año tras año, durante un tiempo interminable, como interminable era y es su sufrimiento.

Recuerdo literalmente ríos de lágrimas, especialmente por la noche.

Papá, en cambio, no recuerdo que haya llorado pero Marco, mi otro hermano, me contó en cambio, que fue la única ocasión en la que lo vio caer y llorar. Era fuerte, mucho, tan fuerte como fue aquella maravillosa noche de enero de luna llena de hace casi ocho años atrás, cuando me dijo, desde su cama en el hospital: “estoy muerto de cansancio” justo antes de irse para siempre.

En cualquier caso, lo que importa ahora, entre estas frases, es que mamá tenía razón al afirmar que Beti regresaría a casa, y detrás de sus lágrimas liberadoras, su tenacidad, la de ambos, tomaba el control y reaccionaba.

En los días inmediatamente posteriores al accidente, cuando pasábamos por la intersección de Cierva hacia el centro, mamá y yo observábamos los restos del accidente. Creo, de hecho tengo la certeza, que mi madre tenía un ataque al corazón cada vez, mientras que para mí era como ver las huellas de mi hermano en el paseo de la fama en Los Ángeles, y llena de entusiasmo y alegría le gritaba a mi madre: “Miiiiiraaaaa, aquí es donde se ha hecho daño Beti!”. Y mi madre tenía el coraje de sonreír y seguirme la corriente, y explicarme, tal vez para exorcizar ella misma lo que había sucedido, que Beti había hecho un vuelo de más de diez metros antes de caer por tierra sobre el asfalto. Recuerdo además que después de muchos días, los médicos me dieron permiso a mí, su hermanita, para entrar en la sala y ver Beti. En un departamento de “Reanimación” a finales de los ’70, gris y austero, recuerdo que llevaba mi abrigo favorito, el rojo con puntos blancos que parecen copos de nieve, el de la foto de mi perfil [de Facebook].

Hoy puedo afirmar que, mientras cruzaba el umbral de la puerta que se abría sólo a las personas autorizadas, parecía una especie de “niña de la lista de Schindler” del antiguo hospital civil de Belluno, una niña fuera de lugar que vagaba entre vías y máquinas electrocardiográficas trayendo un poco de color y que paseaba por el pasillo con sus largos rizos rubios que todos admiraban, como hoy todos admiran los de mi pequeña Greta.

Y desde ahí comenzó un largo camino. Hecho de rehabilitación, fisioterapia, hospitales. Todos los días mamá nos cargaba sobre su Fiat 500 color crema e íbamos al hospital. Parecíamos Juanito, Jorgito y Jaimito en la 313 del Pato Donald y, para mí, era incluso divertido. Esta es una imagen fija en mi memoria. Me pasaba las tardes jugando en las espalderas y sobre las colchonetas de ese departamento semienterrado del nuevo hospital mientras Beti, cubierto con electrodos, estaba tratando de revivir a su brazo derecho paralizado.

Y mamá se quedaba dormida de pie de tan cansada que estaba. Una vez, en un momento de pausa entre los saltos y las subidas que hacía a las espalderas, me acerqué a ella y, sonriendo, le dije: “Mamá, te has quedado dormida de pie, como los caballos!” y ella, sobresaltada, sonrió. Debía estar exhausta, consumida, agotada, pero sonrió y asintió, dándome la razón.

Para mí era normal, todos los días, durante meses, durante años, estuvimos en el hospital, todos juntos.

Me quedé bastante desorientada cuando comencé la escuela, me di cuenta de que los otros niños pasaban tardes enteras juntos jugando en el patio y en el jardín y, poco a poco, recuperé todas esas horas de despreocupación y, con el paso de los años, recuperé mi vida.

Y también recuerdo ese inconfundible y constante olor de hospital que todos odian. A mí, al contrario, incluso hoy, me parece familiar y tranquilizador.

Y luego estaba la sangre, la de Beti, que era “sangre rara “, difícil de encontrar para las transfusiones. Años después, y como tengo su misma “SANGRE RARA” 0 Rh+, la voy a donar. Y no es casualidad. Como no es casualidad que esté sinceramente a favor de la donación de médula, de órganos, y de todo lo que pueda dar vida a otra persona. Frente a la muerte, el egoísmo tiene menos sentido de lo que ya no lo tiene en vida.


Y finalmente, estaban las oraciones, cada noche, después de la cena, antes de irse a la cama. Las oraciones también duraron muchos, muchos, años. De rodillas ante el crucifijo de la entrada de la casa… Cuántas habré recitado… Cientos de “Padre nuestro” que finalizaban con un “Jesús, arregla a Beti! Amén.” En esta época peco mucho, no hago recitar a mis hijos las oraciones en las que creo firmemente; a pesar de todo y de un papel a veces discutible de la iglesia entendida como institución, creo que las oraciones son todavía un ritual espiritual importante. Quién sabe, tal vez me fijo el objetivo de mejorar en este aspecto, aparte de otros muchos otros en que debería mejorar…
Todos estos recuerdos afloran ahora, cada vez más a menudo y cada vez más fuertemente, y pienso que debo dar gracias a la vida.

Soy afortunada porque fuimos una familia unida y tengo que agradecerle para siempre a mi hermano, que aunque en algunas cosas no fue un “hermano mayor” ejemplar, sin duda me ha enseñado una cosa mucho más importante: a no caer, a no aceptar que lo etiqueten como “discapacitado”.

Por lo demás, todas las relaciones entre los hermanos son siempre un poco controvertidas, son un poco “tontos”, un poco modelos a imitar, y a veces incluso un poco modelos a evitar… pero somos hermanos. 🙂 ❤

Su fuerza le ha permitido hacer sea como fuere lo que otros hacían; ir a esquiar, jugar al tenis, asistir a clases en un instituto técnico industrial del siglo pasado que preveía para él solo la exoneración y que lo ha llevado, a veces, a hacer algunas cosas mejor que los “cuerpos normales”.

Me enseñó a luchar, en mi día a día, para la vida, y a vivir la vida. Sería bonito que todos estuviéramos agradecidos a la vida, incluso y sobre todo por las dificultades, porque sólo ellas nos enseñan algo y sólo ellas pueden hacernos un poco mejores, si así lo queremos.

Gracias vida. ❤

Chiara Maria Barbara Bistrot 



*NOTA: Este texto ha sido publicado originariamente en Facebook en italiano. Pertenece a Chiara Maria Barbara Bistrot que me ha dado permiso para publicarlo en su nombre en Hayqueserpositivo.com, traducido del italiano al castellano como buenamente he sabido con mi macarrónico italiano de oídas y de haber tenido amigos y algún amorcillo Italiano (desde aquí gracias por la paciencia, la comprensión y por acogerme con vuestra preciosa lengua). 

Debo decir que Chiara, como se puede notar por sus bellas palabras, es una persona fantástica, dulce donde las haya, buena gente. De esas personas que tienes la suerte de conocer en una fantástica experiencia como es un Erasmus y que años después, diluido el contacto y con un mar de vidas y distancias de por medio, reencuentras en las redes sociales. Sí, a mí me gusta Facebook por esta cosas. Espero de veras qué disfrutéis de la dulzura de Chiara tanto como yo y que sus palabras os pongan la piel de gallina como a mí. Y si sabéis italiano, no os perdáis la versión original, que es cien mil veces mejor. 

Sono passati esattamente quarant’anni da quel giorno.

Io avevo tre anni e mezzo, pressapoco l’età di Greta ora considerato che entrambe siamo nate in inverno, nate “Sotto il segno dei Pesci” come canterebbe Venditti.

Mi ricordo che era una bella giornata, tipica da “estate di san Martino” e che c’era il Sole. Ma magari non era così perché i ricordi di una tre-enne, in parte e a volte, possono essere confusi e imprecisi.

E mi ricordo una telefonata, ma anche su questo ho dei dubbi. Però una cosa è certa: da quel giorno tutto cambiò nella nostra famiglia da “Mulino Bianco”.

Beti (Roberto, mio fratello maggiore) era stato investito. In bicicletta. All’incrocio della Cerva. Mentre tornava da scuola, dall’I.T.I., nel pieno dei suoi rigogliosi 14 anni. E l’investitore era scappato.

Dissero ai nostri genitori le parole più terribili che si possano udire relativamente ad un proprio figlio, decretarono che “non c’era niente da fare” ma la nostra mamma rispose al medico che no, Beti sarebbe tornato a casa. Lei si sentiva così.

E “una mamma non sbaglia mai”, come Giovanni Bollea confermerebbe nel suo libro.

Non so perché sento il bisogno di scrivere queste righe. E’ da settimane che le partorisco tra lacrime e ricordi e, per molti aspetti, sono parole che mi procurano più sofferenza dei miei due tanto meravigliosi quanto, comunque, dolorosi, parti veri. Le partorisco, scrivevo, forse perché ora sono mamma e rivivo certi momenti con un altro animo, forse sono sempre gli ormoni della gravidanza che fatico a smaltire, forse è l’età, forse sto metabolizzando ora una tragedia che ha segnato per sempre tutta la nostra famiglia (ho i miei tempi io…).

Tanto meno so perché lo scrivo in un social network. Tempo fa nemmeno lo avrei pensato quello che sto scrivendo, tanto meno l’avrei messo nero su bianco e ancor meno pubblicato per renderlo visibile a qualcuno. Sta di fatto che ne sta scaturendo un mezzo papiro che in pochi leggeranno, vista la lunghezza, e, in parte, questo mi conforta nel caso in cui dovessi un giorno avere un ripensamento. 🙂 

Riprendendo il racconto, da quel giorno la mamma non ha mai smesso di piangere, giorno dopo giorno, settimana dopo settimana, anno dopo anno, per un tempo interminabile, come interminabile era ed è la sua sofferenza.

Ricordo letteralmente fiumi di lacrime suoi, soprattutto alla sera. 

Il papà invece non ricordo abbia pianto ma Marco, l’altro mio fratello, mi ha raccontato che, invece, fu l’unica occasione in cui lo vide crollare e piangere. Era forte, e tanto, così com’è stato forte quando quella meravigliosa e tersa notte di gennaio di luna piena di quasi otto anni fa m’ha detto, dal suo letto in ospedale: “Sono stanco morto” e se n’è andato per sempre.

In ogni caso ciò che conta ora, tra queste frasi, è che la mamma aveva ragione nel sostenere che Beti sarebbe tornato a casa e, dietro alle sue lacrime liberatorie, la sua, la loro, tenacia prendeva il sopravvento e reagiva.

Nei giorni immediatamente successivi all’incidente, quando passavamo per l’incrocio della Cerva dirette in centro, io e la mamma osservavamo i rilievi dell’incidente. Credo, anzi, ho la certezza che mia mamma avesse un tonfo al cuore ogni volta mentre per me era come vedere le impronte di mio fratello sulla Walk of Fame a Los Angeles e, piena di entusiasmo e allegria, gridavo alla mamma: “Guardaaaa, qui si è fatto male Beti!”. E la mamma aveva pure il coraggio di sorridere ed assecondarmi, e spiegarmi, forse per esorcizzare lei stessa ciò che era successo, che Beti aveva fatto un volo di oltre dieci metri prima di piombare a terra sull’asfalto.

Ricordo inoltre che dopo molti giorni i medici diedero il permesso a me, la sua adorata sorellina, di entrare in reparto a vedere Beti e, in un reparto di “Rianimazione” di fine anni ’70, grigio e austero, ricordo che indossavo il mio cappottino preferito, quello rosso coi puntini bianchi che sembrano fiocchi di neve, quello della foto del mio profilo. 

Oggi posso tranquillamente sostenere che, mentre varcavo la soglia della porta che si apriva solo alle persone autorizzate, sembravo una sorta di “bambina di Schindler list” del vecchio Ospedale Civile di Belluno, una bambina fuori dai suoi spazi che vagava tra flebo e macchine elettrocardiografiche portando un po’ di colore e sfilando nel corridoio coi suoi lunghi boccoli biondi che tutti ammiravano, come oggi tutti ammirano la mia piccola Greta. 

E da lì è iniziato un lungo cammino. Fatto di riabilitazione, fisioterapia, ospedali. Tutti i giorni la mamma ci caricava sulla sua FIAT 500 color crema e andavamo all’ospedale. Sembravamo Qui, Quo e Qua sulla 313 di zio Paperino e, per me, era anche divertente. Questa è un’immagine fissa nella mia memoria. Passavo i pomeriggi giocando sulle spalliere e sui tappetoni di quel reparto seminterrato del nuovo ospedale mentre Beti, ricoperto da elettrodi, cercava di rianimare il suo braccio destro paralizzato. 

E la mamma si addormentava in piedi tant’era stanca. Una volta, in un momento di pausa tra i salti e le arrampicate che facevo alle spalliere, mi avvicinai a lei e, sogghignando, le dissi: “Mamma, ti sei addormentata in piedi, come i cavalli!” e lei, di soprassalto, sorrise. Doveva essere esausta, consumata, sfinita, ma sorrise e annuì, dandomi ragione.

Per me era normale così, tutti i giorni, per mesi, per anni, in ospedale, tutti assieme. 

Rimasi piuttosto disorientata quando, iniziate le scuole, capii che gli altri bambini trascorrevano interi pomeriggi assieme giocando in cortile e in giardino e, pian piano, recuperai quelle ore di spensieratezza e, con il passare degli anni, mi impadronii della mia vita. 

E ricordo anche quell’inconfondibile e costante odore di ospedale che tutti odiano. A me, contrariamente, anche oggi, sembra familiare e rassicurante. 

E poi c’era il sangue, quello di Beti, il “sangue raro”, difficile da trovare per le trasfusioni e, a distanza di anni, per quanto posso io, che ho lo stesso suo “sangue raro”, 0 Rh+, lo vado a donare. E non è un caso. Così come non è un caso che sia sentitamente favorevole alla donazione di midollo, di organi e tutto ciò che possa donare la vita a qualcun altro. Di fronte alla morte l’egoismo ha meno senso di quanto già non ne abbia in vita.


E poi, infine, c’erano le preghiere, ogni santa sera, dopo cena, prima di andare a letto e anche quelle per lunghi, lunghissimi, anni. Inginocchiata davanti al crocifisso dell’ingresso di casa… quante ne ho recitate.. centinaia di “Padre nostro” che si concludevano con: “Gesù, aggiusta Beti! Amen.” In questo ora pecco molto, ai miei figli non faccio recitare le preghierine che credo fermamente, nonostante un ruolo a volte discutibile della Chiesa intesa come istituzione, siano sempre un rituale spirituale importante. Chissà, magari mi fisso l’obiettivo di migliorare questo mio aspetto, oltre a tanti altri che dovrei… 

Tutti questi ricordi ora riaffiorano, sempre più spesso e sempre più prepotentemente, e quel che oggi penso è che devo solo dire grazie alla mia vita. 

Sono fortunata perché siamo stati una famiglia unita e devo ringraziare per sempre mio fratello perché, anche se in certe cose non è stato un “fratello maggiore” esemplare, ma sicuramente mi ha insegnato una cosa molto più importante: a non abbattersi, a non accettare di farsi etichettare come “handicappato”. 

Del resto, tutti i fratelli son sempre un po’ controversi, un po’ “scemi”, un po’ modelli da imitare e, a volte, anche un po’ modelli da evitare… ma pur sempre fratelli. 🙂 ❤  

La sua forza lo ha portato a fare comunque ciò che gli altri facevano, ad andare a sciare, a giocare a tennis, a frequentare le ore di “officina” in un Istituto Tecnico Industriale dello scorso secolo che prevedeva per lui solo l’esonero e lo ha portato, a volte, a fare alcune cose meglio dei “normodotati”. 

Mi ha insegnato a lottare, nel mio piccolo, per la vita e a vivere la vita. Sarebbe bello che tutti ricordassero di essere grati alla vita, anche e soprattutto per le difficoltà, perché solo esse insegnano qualcosa e solo esse possono renderci un po’ migliori, se lo vogliamo.  

Grazie Vita. ❤

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