La primera cana… y el día de la sonrisa!

Descubro entre emocionada, extrañada y horrorizada mi primera cana. Brilla, insolente y encrespada, encima de la coronilla. Al principio pienso que es un pelo rubio desteñido del sol. Ilusa! La arranco. Descubro que es áspera, el pelo más grueso de lo habitual. De un gris blanquecino brillante. Y pienso que las canas blancas son hasta bonitas al natural. Como ese moreno encanecido de mi amiga Sonia. Como ese mechón en el flequillo con el que luchó mi abuela de bien joven (hasta que asumió que mejor blanco que naranja brillante por equivocarse de tinte). La miro algo pasmada, mi cana, y el peso de mis 40 se me cae un poco encima. Pero me niego a ver un proceso tan natural como envejecer como un mal inevitable, con la resignación y la negatividad con que la sociedad occidental nos habla del fin de la juventud, como si pudieras evitarlo. 

Además, porqué evitar el paso del tiempo y sus signos si no es más que una prueba de que estás viviendo. No dejo de pensar que quienes tan mal llevan -llevamos- convertirnos en ancianos tenemos algo de remordimientos por no haber sabido aprovechar el tiempo en lo realmente importante pad cada cual. Remordimiento por lo hecho o por lo no hecho. Andamos demasiado cargados de pasados y futuros, de expectativas poco realistas, de objetivos absurdos. Y así nos va, que vemos arrugas y canas y corremos a llorar en silencio. No, me niego. 


Además… Las mejores personas que conozco son unas viejas fantásticas. O mayores. O van camino… Empezando por mi fantástica abuela, con su eterna sonrisa y esos ojillos brillantes que acumulan patas de gallo sin complejos. O su hermana, tante Denise, os aseguro que no habéis conocido anciana más elegante y guapa; con ese moño siempre perfecto. La abuela Catalina era una vieja genial, que se ponía jazmín en el canalillo para oler bien y evitar los mosquitos y hablaba siempre dicharachera mientras hacía mil cosas. Mi padre el barbero, que por fin disfruta su jubilación. Mi padre el barbudo que sigue de mercadillo en mercadillo viviendo la vida hippy. Mi madre, tan mi abuela y tan independiente ella, luciendo sin complejos la piel bien vivida. Y… Amigas que celebran los 50 por todo lo alto y sin complejos, amigas que ya piensan en su 60 cumpleaños como la excusa de montar la fiesta de la década (por lo menos). Y así seguiría… Porque la edad saca lo fantástico que tenemos dentro. La edad da experiencia, sabiduría -sí, a veces a base de ostias, pero la mayoría acabamos siendo mejores con los años- y deja un poso de tranquilidad en la mirada. No veo porque no iba a sonreírle a mi cana.

He cogido mi cana y la he guardado en mi joyero de bisutería fina y recuerdos entrañables. Es mi primera cana. Por lo menos la primera de la que soy consciente. Así que bien vale este homenaje. Hoy celebro que me hago mayor (cada día desde hace tiempo y va para rato). 

Y sonrío. Que llega el día de la sonrisa (el primer viernes de octubre). Y las canas, con sonrisas, se lucen mejor

Desde 1999 que Harvey impulsó la idea de celebrar, cada primer viernes de octubre, el día de la sonrisa.[2] En el año 2001, el creador de la Smiley Face falleció pero se creó la Harvey Ball World Smile Foundation, en honor al diseñador. A partir de ese año la fundación es patrocinadora del Día Mundial de la Sonrisa.

Cada año se recaudan fondos para obras de caridad. Se fomenta la alegría y buenas obras en todo el mundo, también que por un día, por lo menos, seamos amables con todo el mundo para contagiarlos.[3]

(…) Wikipedia 

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