Querido cuerpo

Querido cuerpo, tú y yo somos uno, pero a veces el amor no nos basta, no es cierto? No quiero estar a la greña contigo, me gustas -a veces- y te aprecio -siempre- pero no puedo evitar maltratarte. Es una verdadera lástima, porque en realidad no creo aquello de “quién bien te quiere te hará llorar”. No, yo creo en el amor del cuidado, los detalles, los gestos, del estar y escuchar, en el amor que toca, palpa, acaricia, besa, lame y suspira amor sudado entre orgasmos. Qué duda cabe, querido cuerpo, que tú me das esos suspiros y mucho más. Porque me das aire, sangre, movimiento, pensamientos, me das vida… 

Querido cuerpo, sé que esas estrías de las que reniego -y en el mejor de los casos ignoro- son fruto de tu esfuerzo por albergar cómodamente dos bebés en mi vientre. Sé que por eso la piel es flácida. Sé que la vida que me regalas día a día lleva inexorablemente a las arrugas, las canas y los pechos caídos. Lo sé e intentó no tenértelo en cuenta. Es más, quiero agradecerte que seas tan generoso conmigo a pesar de todas las perrerías que te hago. Quiero agradecerte tu salud, tu fortaleza, que me sostengas y me lleves y me quieras incondicionalmente por mucho que a veces te esconda o me avergüence.

Querido cuerpo, este verano tú y yo vamos a ponernos minifaldas y vestidos estrechos, vamos a hacer topless si nos da la gana, incluso nudismo! Y vamos a mostrar al mundo esas estrías fruto de la vida, las patas de gallo de alegría, las arrugas del día a día. Porque querido cuerpo, esta es mi declaración de amor definitiva: te voy a querer, hasta que la muerte nos separe. 

PD: sigo con mis buenas intenciones, te acuerdas?

EL PESO DE MAMÁ: 18 mayo, 2016

Mamá tiene un peso. Es el suyo. La queremos así porque es la mejor mamá del mundo. La más guapa. La que lee mejor los cuentos, la que cura con besos… Pero mamá tiene un secreto, no puede salir en las fotos, porque es gorda, porque es vieja… 

(…) Voy a ser una cuarentañera, madre, esposa, amiga, amante, compañera, trabajadora, estudiante, lectora, bailarina y unas cuantas cosas más, y a mucha honra. Y después, seré cincuentañera, sesentañera y así hasta el final: que la juventud no decaiga en el espíritu aunque lo hagan las carnes. Porque uno siempre está a tiempo de enamorarse de la vida como un adolescente, de ilusionarse con nuevos proyectos, amores, hijos, experiencias, descubrimientos, estudios, libros, lo que sea… Vamos, que el propósito en realidad es seguir enamorándome de la vida y disfrutarla en cada etapa con la sonrisa puesta. 

PD 2: Felicidades a Jéssica Gómez por su texto viral sobre la chica del bañador verde. Como si lo hubiera escrito yo, es tal cual!

QUERIDA CHICA DEL BAÑADOR VERDE:

Soy la mujer que está en la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña.

Primero que nada, decirte que estoy pasando un rato muy agradable junto a ti y tu grupo de amigos, en este trocito de tiempo en el que nuestros espacios se rozan y vuestras risas, vuestra conversación ‘transcendental’ y la música de vuestro equipo me invaden el aire. 

¿Sabes? He alucinado un poco al darme cuenta de que no sé en qué momento de mi vida he pasado de estar ahí a estar aquí: de ser la chica a ser “la señora de al lado”, de ser la que va con los amigos a ser la que va con los niños. 

Pero no te escribo por nada de eso. Te escribo porque me gustaría decirte que me he fijado en ti. Te he visto, y no he podido evitar verte.

Te he visto ser la última en quitarte la ropa. 

Te he visto ponerte detrás de todo el grupo, disimuladamente, y quitarte la camiseta cuando creías que nadie te miraba. Pero yo te vi. No te miraba, pero te vi. 

Te he visto sentarte en la toalla en una cuidada postura, tapando tu vientre con los brazos. 

Te he visto meterte el pelo tras la oreja agachando la cabeza para alcanzarla, quizá por no mover los brazos de su estudiadísima posición casual. 

Te he visto ponerte en pie para ir a bañarte y tragar saliva nerviosa por tener que esperar así, de pie, expuesta, a tu amiga, y usar una vez más tus brazos como pareo para taparte: tus estrías, tu flaccidez, tu celulitis. 

Te vi agobiada por no poder taparlo todo a la vez mientras te ibas alejando del grupo tan disimuladamente como antes lo hiciste para quitarte la camiseta. 

No sé si tenía algo que ver, en tu descontento contigo misma, que la amiga a quien tú esperabas se soltaba su larguísima melena sobre una espalda a la que sólo le faltaban unas alas de Victoria’s Secret. Y mientras tanto tú ahí, mirando al suelo. Buscando un escondite en ti misma, de ti misma.

Y me gustaría poder decirte tantas cosas, querida chica del bañador verde… Puede que porque yo, antes de ser la mujer que viene con los niños, he estado ahí, en tu toalla. 

Me gustaría poder decirte que, en realidad, he estado en tu toalla y en la de tu amiga. He sido tú y he sido ella. Y ahora no soy ninguna de las dos –o acaso soy ambas aún- así que, si pudiera dar marcha atrás, elegiría simplemente disfrutar en lugar de preocuparme -o vanagloriarme- por cosas como en cuál de las dos toallas, la suya o la tuya, prefiero estar.

Quisiera poder decirte que he visto que llevas un libro en tu bolsa, y que cualquier vientre que ahora tenga tus dieciséis años perderá, probablemente, su tersura mucho antes de que tú pierdas la cabeza.

Me gustaría poder decirte que tienes una preciosa sonrisa, y que es una pena que estés tan ocupada en ocultarte que no te quede tiempo para sonreír más.

Me gustaría poder decirte que ese cuerpo del que pareces avergonzarte es bello sólo por ser joven. ¡Qué coño! Es bello sólo por estar vivo. Por ser envoltorio y transporte de quien en realidad eres y poder acompañarte en cuanto haces. 

Me encantaría decirte que ojalá te vieras con los ojos de una mujer de treinta y pico porque quizás entonces te darías cuenta de lo mucho que mereces ser querida, incluso por ti misma.

Me gustaría poder decirte que la persona que algún día te quiera de verdad no amará a la persona que eres a pesar de tu cuerpo, sino que adorará tu cuerpo: cada curva, cada hoyito, cada línea, cada lunar. Adorará el mapa, único y precioso, que dibuja tu cuerpo y, si no lo hace, si no te ama así, entonces no merece que le ames.

Me gustaría poder decirte que –créeme, créeme, créeme- eres perfecta como eres: sublime en tu imperfección.

Pero, ¿qué te voy a decir yo, si sólo soy la mujer de al lado? 

Aunque, ¿sabes qué? Que he venido con mi hija. Es la del bañador rosa, la que juega en el río y se está untando en arena. Hoy sólo le ha preocupado si el agua estaría muy fría.

A ti no te puedo decir nada, querida chica del bañador verde… 

Pero todo, TODO, se lo voy a decir a ella. 

Y todo, TODO, se lo diré a mi hijo también.

Porque así es como todos merecemos ser queridos.

Y así es como todos deberíamos querer.


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