#yomequedoencasa: Día 37. El terrible silencio en las calles sin niños.

Día 37. Hoy he salido por primera vez a hacer la compra al supermercado. Había salido un par de veces a la tienda de cosas orgánicas y veganas de la esquina para ir a por mis panes y harinas raras sin gluten ni maíz ni azúcar (era más fácil que fuera yo que explicárselo a mi señor marido), pero hasta ahí había llegado mi salida al exterior.

Ha sido raro. Un poco como si fuera una intrusa. Todos iban con mascarillas menos yo, que no tengo. Así que me apartaba un metro más del metro de rigor y miraba hacia el suelo con los labios bien apretados. .
Me ha chocado el silencio. Ni conversaciones (que había alguna pero a media voz), ni música en la calle (como suelen poner los comerciantes), ni siquiera conversaciones de móvil. Raro. Un silencio pesado. Pero lo más extraño era la ausencia de niños. Ninguno cogido de la mano de su abuela pidiendo un chocolate (la chocolatería está cerrada), ni una chuche (está cerrada la tienda de golosinas), ni un juguete del bazar chino (con la persiana bajada), ni tan siquiera un libro (la librería tiene la puerta cerrada y las luces apagadas). Ningún niño corriendo, peleándose con su hermano, jugando en el parque del supermercado, saltando de baldosa clara en baldosa clara porque las oscuras tienen tiburones asesinos o cocodrilos gigantes. Ningún niño, solo un mundo de adultos mustios, en silencio, un silencio pesado…

Muy raro. Ese esquivarse en los pasillos y esperar a coger una naranja que está demasiado cerca de la abuela que coge cebollas. Muy raro, todos esos guantes y mascarillas. Todo ese corre-corre para acabar la compra cuanto antes.

Ya he salido. Pero la verdad, me he sentido fuera de lugar y no ha sido una experiencia del todo agradable. No me he sentido agusto hasta un buen rato después, cuando ya estaba  en casa, habiendo dejado los zapatos de calle en la puerta, tirado los guantes a la basura, limpiado las manos varias veces y habiendo guardado la compra con la bayeta que tengo en remojo en agua y lejía bien cerca para ir desinfectado todo… No me he sentido a salvo hasta ver a los niños reír y hacer ruido mientras jugaban al parchís con las payesas de Ibiza.

El ruido infantil es vida. Es normalidad.


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