La felicidad es… Leer

Leer, la felicidad siempre ha sido leer. Desde que recuerde, incluso antes de saber leer por mí misma, cuando me leían… Todas esas historias, vidas paralelas, aventuras, reflexiones, amores, traiciones, sexo, lágrimas… Desde Momo y la Historia Interminable a Las 1000 y una noches, el largo. Todos los Harry Potter, los Stephen King, el Club de los 5 o las aventuras de Puk. La colección entera de Tintín, de Mafalda, de Pezzi el oso que devoraba crêpes. Mecanoscrit de Segon Origen, Sin Noticias de Gurb, las palabras de Cohelo… Me gusta hasta la novela rosa, ya está, lo he dicho, qué alivio confesar esta vergonzosa carga! 

En mi casa los libros se trafican. Como de escondidas, como si fuera ilegal, un artículo de contabando de valor incalculable que siempre viene con recomendación (sin spoiler del final, eso es sacrilegio) y con el soniquete “ya me dirás cuando me lo devuelvas”… Eso implica que ha de devolverse, aunque rara vez sucede. Y así, los libros se acumulan, se apilan, se regalan en cumpleaños, navidades y fiestas de guardar. Se envían por correo, se van de casa de mamá a casa de la tía y de la tía a la de la prima y luego a otra casa y otra y otra… y así en un bucle infinito. 

Ver una estantería repleta de libros en casa a mí me da paz. Y saber que puedo releerlos, dejarlos, aconsejarlos. Sí, las bibliotecas me parecen maravillosas. Pero a mí me gusta acumular libros como tesoros. 

Pedir que te devuelvan un libro antes de que la persona lo haya acabado es un sacrilegio. Y si en vacaciones o una visita empiezas uno y te enganchas has de asegurarte que nadie más lo está leyendo y que podrás llevártelo para acabarlo. Porque no hay nada peor que empezar un libro y no poder acabarlo. Y quien tiene la lectura más avanzada es el amo y señor, todo el mundo lo sabe. 

En mi casa hay libros en catalán, castellano, francés, inglés y alguno en italiano o alemán que alguien debió olvidar y que a veces miras de soslayo con la rabia de quién no va a poder comprenderlo. Bueno, el de italiano, quizá un poco. Pero es que los libros hay que entenderlos bien. 

Los libros se leen antes de dormir. En el metro o el tren o el bus. En esos 15 minutos de pausa a solas con tu café. En los tiempos muertos (que cobran vida). Sentado, tumbado de espaldas o sobre la barriga), en la playa tomado el sol, en un chiringuito, de pie o incluso andando. 

Y es que, os lo digo, la felicidad era esto, leer. Y en mi familia es un placer compartido y que se transmite de generción en generación. 

Y vosotros, sois felices leyendo? También hacéis contabando? 

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