La lluvia también quiere que la quieras

No te gusta la lluvia… Lo digo por ti que te quejas de tanto charco, del gris del cielo, del frío, de tener que cargar el paraguas, del coche que te ha salpicado… De acuerdo, no te gusta la lluvia. Es lícito. Está bien (aunque no hace falta que te amargues por ello). A mí en cambio me gusta. Quizá porque es escasa y vengo de una isla seca de briznas de hierba que crujen y chicharras que cantan. Me gusta la lluvia, como gustan las cosas que apreciamos cuando nos faltan, las que escasean, las que envidiamos… Me hace gracia mojarme… Si es un día. Me gusta sentir las gotas en la punta de la nariz (bien alzada al cielo). Me gusta ponérmelo botas de agua y chapotear en los charcos. Me gusta  ver el recorrido de las gotas tras el cristal empañado. Ya sé, a veces es un poco exaspereabte cuando llueve y llueve durante días. Pero seguro que luego disfrutas más del sol, del calorcito, de los ríos acaudalados y los prados verdes. Lo sé, no te gusta la lluvia, aunque quizá ahora ya te guste un poco, quizá veas la belleza que yo veo en el gris asfalto que refleja nubes en los charcos, en los sueños resbaladizos que reflejan paisajes cotidianos, en los paraguas rojos, en las gotas que recorren el cristal empañado… Y si es así, seré feliz por partida doble. Por haberte abierto los ojos a la belleza escondida tras los días grises. Y por la gota de lluvia que ha mojado la punta de mi nariz alzada al cielo desafiante. 

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